martes, 23 de noviembre de 2010

Súbitamente Llegó, Súbitamente se fue

Salió del mercado,
corrió por la plaza,
la lluvia torrenciaba
y ella se emparamaba

Con retardo un joven partía,
pues su ultima oportunidad perdía,
bajó las escaleras,
llovía y se paró junto a la plaza.

mujer cúyo veloz andar
aquella cual tacón torció,
su tobillo lastimó,
y entre lagrimas avanzo hasta la avenida.

Aquel taxi se acercaba,
él lo detuvo mientras cubría su cabeza,
cerró su paraguas y abordo el vehículo.

Ella se acercó con afán,
abrió la puerta del otro costado,
y sin pensarlo se subió

El conductor la miró,
ella afirmo con delicadeza
-discúlpame, ya me bajo

El joven la miró con sorpresa, y comento
-no hay problema, si quieres compartimos

Ella intento desistir,
aún así el joven insistió.

finalmente acordaron llevar a la mujer a su destino.

Empapada estaba,
congelada por tan melancólica tarde,
sus lagrimas tibias
cayeron silenciosamente sobre sus mejillas.

Su tristeza se reflejaba en su expresión,
ella al parecer muy mal se sentía.

el taxista la miraba constantemente a través del espejo retrovisor.
intentaba hablarle, preguntarle cualquier cosa,
decirle algo reconfortante,
mas cuando estaba a punto de hablar, su lengua se paralizaba,
sentía temor, pánico, vergüenza.

al lado derecho de la jovencita se encontraba él,
un muchacho solitario y sin estoicismo,
miró disimuladamente esos labios rojos,
que temblaban sinconizadamente con los latidos de su corazón.
y sintió tristeza por ella
acompañada con una indescifrable atracción.

-Es la mujer que siempre he soñado, pensó,
tengo que hablarle, tengo que decirle que con ella he soñado,
que con ella quiero ser feliz,
que nunca la haré sufrir,
que no quiero ver caer esas lágrimas nuevamente.

Era una mujer elegante, de tez latina,
con ojos expresivos, marrón claros, y hermosas pestañas,
sus cejas eran proporcionadas, al igual que su nariz,
sus mejillas padecían de un rubor enternecedor,
y a la vez sus carnudos labios promovían el mas inocente de los deseos.

su mirada demostraba una vida de bagajes,
aunque probablemente no superaba los veintitrés,
no era delgada, tampoco alcanzaba los sesenta kilos,
no era pequeña, mas no pasaba de ciento setenta y tres centímetros.

ella era un mujer delicada,
lo notaron, con el tono de su voz
y la forma de sentarse.

Ambos deseaban hablarle,
uno imaginó sus posibilidades junto a ella,
otro calculó minuciosamente que decir.

en el momento en el que decidieron hablarle,
una fémina voz impidió que sucediera,
-me bajo aquí, ¿cuanto le debo?

el joven impidió que ella cancelara,
-señor, no le cobre nada, yo asumo el viaje.
ella miro al imberbe y desistió de cancelar,
agradeció a los dos y cerro la puerta,
camino diez pasos, y se perdió entre la gente,
ambos hombres suspiraron, cruzaron miradas,
voltearon su cabeza y nuevamente
el taxi arranco...

ninguno la volvió a ver.